“El que mira desde afuera a través de una ventana abierta, jamás
ve tantas cosas como el que contempla una ventana cerrada. No hay objeto más
profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrante, que una
ventana iluminada por una candela. Lo que se puede ver la luz
del sol, siempre es menos interesante que lo que pasa
detrás de un vidrio. Ese agujero negro o luminoso, la vida vive, la
vida sufre, la vida sueña.”
(Baudelaire)
“Quién miente, llega a la verdad”
(Dostoievski)
(Dostoievski)
Lastimoso, sobrio, caduco, estéril y arbitrario fueron los
adjetivos que Nietzsche utilizó para referirse al estado en que se
presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza, sus consecuencias ofrecen
una lectura sombría y radicalmente pesimista de esta vanidad en los hombres,
nos hace crueles, codiciosos, insaciables asesinos e indiferentes por
ignorancia; la imagen no puede ser más contundente , el hombre es comprendido
como una criatura infeliz, efímera y delicada, la que cree tener la verdad, la
que miente todo el tiempo.
El asunto de “sobre verdad y mentira en sentido extra moral”, es
el hombre como ser fantástico, el hombre que tiene voluntad de engaño, voluntad
de ilusión, ese engaño es el alma del arte. Se trata entonces de un hombre
estético, del ser vital que entiende la vida como un múltiple juego de
perspectivas y apariencias.
El breve ensayo de Nietzsche es susceptible de varias síntesis,
una de ellas afirma que es un prejuicio otorgar más validez a la verdad que a
la ilusión, que entender la vida significa comprender cuales han sido los
juicios falsos que la constituyen, una especia de mentiras necesarias que
comienzan en el mismo lenguaje. Otra vez Ricardo III habita entre nosotros,
pero su expresión es ahora aforística: “La verdad es que amamos la vida, no
porque estemos acostumbrados a ella, sino porque estamos acostumbrados al
amor”.
Nietzsche alcanzo a percatarse de que la vida y la ciencia no son
posibles sin concepciones falsas o imaginarias. Ese será, el tema de estos
apuntes, la mentira y la verdad que subyace en y con nosotros mismos en este
mundo contemporáneo.
“En algún apartado rincón del
universo centellante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una
vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el
minuto más altanero y falaz de la <<historia universal>>: pero, a
fin de cuentas solo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza el
astro se helo y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría
inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado
suficientemente cuan lastimoso, cuan sombrío y caduco, cuan estéril y
arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la
naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía, cuando de nuevo se acabe
todo para el no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay
ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana”. [1]
He aquí un tono pesimista que recae implacable sobre el hombre y
la cultura actual. Según esta perspectiva el hombre es un aparecido reciente,
todavía demasiado endeble, para imponerse al mundo de la vida. La
conciencia es la última etapa de la evolución y por consiguiente, la más
efímera y caduca. Si al hombre se le dejase solo, en rutado por su
conciencia y sin el apoyo de sus instintos, perecería como especie. Por
fortuna, los instintos siguen siendo mucho más poderosos que la conciencia y
más seguros para la orientación de la vida. Más aun, la inteligencia no una fuente de conocimiento
independiente y es posible que la mayor parte del pensamiento consciente
debe ser puesta en el número de las actividades
instintivas.
El hombre visto desde la perspectiva de los animales
debe ser algo extraño, Estos lo deben ver como un ser semejante, que del
modo más peligroso ha perdido la inteligencia animal. Lo deben ver como un animal
desvalido, que ríe y llora, un animal desgraciado. No tenemos salida,
somos humanos, no podemos ser sino humanos, somos desgraciados.
“Es digno de nota que sea el intelecto
quien así obre, el que, sin embargo, solo ha sido añadido
precisamente como un recurso de los seres más
infelices, delicados y efímeros, para conservarlos un minuto en la
existencia.”[2]
Toda construcción cultural es, por tanto relativa y
reconstruye el mundo a su imagen y semejanza. No existe una ontología
independiente de una gnoseología. Las cosas no son, sino que se
construyen en el proceso de creación cultural. No existe una realidad
distinta o más allá de la que se tiene en el contexto de la
cultura. El mundo, todo mundo, no es más que una lectura.
“Ese orgullo ligado al
conocimiento y a la sensación, niebla cegadora colocada sobre los ojos y los sentido de los hombres, los hace
engañarse sobre el valor de la existencia, puesto que aquel
proporciona la más aduladora valoración sobre el conocimiento mismo.
Su efecto más general es el engaño - pero también los efectos
más particulares llevan consigo algo del mismo carácter…el intelecto, como medio de conservación
del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo”[3]
No podemos desprendernos, por tanto, de nuestros
errores, Ellos son consubstanciales a toda creación cultural y por ello
son útiles. La verdad es una ficción, la más peligrosa que ha
inventado el hombre. No existe en ninguna parte, lo que existe
son los errores sobre los que se basa la cultura.
Pero los errores son útiles precisamente porque construyen una cultura.
La única manera como el hombre puede educarse es con
base a sus errores. Más aun, el error es el único que hace
al hombre profundo, delicado y creador. Esa será la razón por la
Nietzsche escribía un texto dedicado al problema educativo al que pondrá por título:
“Sobre el porvenir de nuestras escuelas”.
Esta obra es un conjunto de cinco
conferencias que Nietzsche escribió en 1872. La primera conferencia es casi una obra
literaria, allí el autor narra en un estilo altamente
romántico sus prácticas adolescentes de lectura, escritura
y conversaciones entre amigos. Pero una vez se
encuentra con el anciano maestro (que ineludiblemente prefigura
a Schopenhauer) el matiz reflexivo de la conferencia da
inicio.
Nietzsche nos cuenta entonces que existen dos tendencias
opuestas en la aproximación que podemos hacer al problema de la
cultura. Por un lado la tendencia a la máxima extensión,
disminución y debilitamiento de la cultura, por el otro,
la tendencia a la máxima restricción, concentración, refuerzo y autosuficiencia de la
misma; sus consecuencias, son igualmente opuestas, la primera conduce
a una cultura falsa, la segunda a una cultura autentica.
Hasta aquí no hay problemas, incluso el autor del
Zaratustra tiene tiempo de meditar y desde esta actitud
llega a una observación muy interesante respecto al
periodismo, Nietzsche ve en esta actividad la síntesis perfecta de la
primera de las tendencias arriba analizadas.
Ahora bien, es posible intentar comprender la obra
a partir de 3 relaciones reflexivas: el genio vs el hombre
corriente, lo inútil vs lo moderno y una reflexión central que muestra
hasta la evidencia el problema central de la cultura. El
genio es aquel que es capaz de romper sus prejuicios, es decir,
aquel que separa un juicio falso de uno
verdadero, para Nietzsche solo llega a estas sendas el vencedor
solitario en una lucha personal contra el tiempo; por el contrario el hombre
corriente vive de prisa, no tiene tiempo, sabe lo que sabe,
conoce lo que conoce, y sabe para qué le sirve lo que sabe
y lo que conoce, es decir, que tiene una conciencia de la
utilidad como eje estructural de su vida, no tiene que pensar mucho ni sufrir los fortalecimientos de la
soledad para descubrir otras estructuras, porque para este no
son tan reales como el hecho que genera utilidad.
Esta reflexión sirve de antesala a la segunda, para
Nietzsche la crítica más fuerte que merece una mente
moderna es que cree poseer una cultura que no
tiene, que en un mundo veloz no se puede conquistar, que demanda
tiempo y refrenda el valor de lo inútil, una cultura
autentica que conquista cuando se toma la
decisión de darle cavidad a desarrollos que no se
miden por su utilidad, ya no se trata de saber
para que se sabe lo que se sabe, sino de hacer
mejores preguntas, repensando una y otra vez lo que hombres de verdadero
genio propusieron, crearon y conquistaron. La frase es simple pero insondable, un hombre
formado es aquel que no teme que la soledad se
vengue contra él.
Por otra parte, el inmenso aparato de la
cultura – en el que la escuela juega un papel
definitivo. No pasa de ser ni falacia necesaria, existe y
se justifica solo por el hecho de que unos pocos
lleguen a volverse seres verdaderamente cultos y para Nietzsche por fuerza
tiene que ser de esta manea una gran masa de la que salen
unos cuantos los mejor dotados por su naturaleza
intelectiva. Por eso la necesidad de atacar esa tendencia a
ampliar y extender aún más el aparato de la cultura, lo que se
traduciría en debilitarla aún más, en el fondo democracia y
cultura se oponen imponderablemente.
De la segunda conferencia me quedan algunas ideas generales: la
sugerencia de Nietzsche de tomarse en serio la lengua
materna, la comprensión afirmativa de que escribir y hablar son
actos más complejos que el mismo leer eso que para
nosotros leer buen es casi un logro descomunal, en
síntesis, las dificultades centrales del hombre que aspira a la
cultura se explicitan en disciplinar la lengua, hablar bien y
escribir solo cuando sea necesario; por ultimo Nietzsche
vuelve sus ojos hacia los griegos y los latinos, como las
cunas genealógicas de toda cultura autentica.
Una buena parte de la segunda conferencia procede de una pregunta:
¿Cuándo tiempo durara en la escuela la actitud cultural que tiende a
la expansión y al periodismo? La respuesta de Nietzsche comienza
abordando las causas de semejante actitud, es así como encuentra
en la pobreza espiritual de los maestro el primer
campo de cultivo para la decadencia cultural, debido primordialmente
a la falta de talentos inventivos, así como a la ausencia de hombres
verdaderamente prácticos.
Todas estas cavilaciones llevaran al autor a una de sus tesis
centrales, aquella que expresa que el objetivo debe ser la
cultura del individuo y no de la nada, ya que a esta le es saludable
la inconciencia, el instinto de fidelidad, la sujeción a los hombres de talento.
La apuesta no para de esa individualidad, es una exigencia de la
misma jerarquía natural en el reino del intelecto, es el resultado de una escogencia
selectiva, los mejor equipados por la naturaleza, los más
fuertes, los que no serán devorados por la
violencia que es inherente a la misma cultura.
[1] Nietzsche, Friedrich. “Sobre Verdad
y Mentira en Sentido Extra moral”. Editoriales Tecnos. Madrid, 1990,
página 17.
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