sábado, 26 de mayo de 2012

El porvenir de una mentira llamada verdad.


“El que mira desde afuera a través de una ventana abierta, jamás ve tantas cosas como el que contempla una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrante, que una ventana iluminada por una candela. Lo que se puede ver  la luz del sol, siempre es menos interesante que lo que pasa detrás de un vidrio. Ese agujero negro o luminoso, la vida vive, la vida sufre, la vida sueña.”
(Baudelaire)

“Quién mientellega a la verdad”
(Dostoievski
)

Lastimoso, sobrio, caduco, estéril y arbitrario fueron los adjetivos que Nietzsche utilizó para  referirse al estado en que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza, sus consecuencias ofrecen una lectura sombría y radicalmente pesimista de esta vanidad en los hombres, nos hace crueles, codiciosos, insaciables asesinos e indiferentes por ignorancia; la imagen no puede ser más contundente , el hombre es comprendido como una criatura infeliz, efímera y delicada, la que cree tener la verdad, la que miente todo el tiempo.
El asunto de “sobre verdad y mentira en sentido extra moral”, es el hombre como ser fantástico, el hombre que tiene voluntad de engaño, voluntad de ilusión, ese engaño es el alma del arte. Se trata entonces de un hombre estético, del ser vital que entiende la vida como un múltiple juego de perspectivas y apariencias.
El breve ensayo de Nietzsche es susceptible de varias síntesis, una de ellas afirma que es un prejuicio otorgar más validez a la verdad que a la ilusión, que entender la vida significa comprender cuales han sido los juicios falsos que la constituyen, una especia de mentiras necesarias que comienzan en el mismo lenguaje. Otra vez Ricardo III habita entre nosotros, pero su expresión es ahora aforística: “La verdad es que amamos la vida, no porque estemos acostumbrados a ella, sino porque estamos acostumbrados al amor”.
Nietzsche alcanzo a percatarse de que la vida y la ciencia no son posibles sin concepciones falsas o imaginarias. Ese será, el tema de estos apuntes, la mentira y la verdad que subyace en y con nosotros mismos en este mundo contemporáneo.
“En algún apartado rincón del universo centellante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la <<historia universal>>: pero, a fin de cuentas solo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza el astro se helo y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuan lastimoso, cuan sombrío y caduco, cuan estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía, cuando de nuevo se acabe todo para el no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana”. [1]

He aquí un tono pesimista que recae implacable sobre el hombre y la cultura actual. Según esta perspectiva el hombre es un aparecido reciente, todavía demasiado endeble, para imponerse al mundo de la vida. La conciencia  es la última etapa de la evolución y por consiguiente, la más efímera y caduca. Si al hombre se le dejase solo, en rutado  por su conciencia y sin el apoyo de sus instintos, perecería como especie.  Por fortuna, los instintos siguen siendo mucho más poderosos que la conciencia y más seguros para la orientación de la vida. Más aun, la inteligencia no una fuente de conocimiento independiente y es posible que la mayor parte del pensamiento consciente debe ser puesta en el número de las actividades instintivas.

El hombre visto desde la perspectiva de los animales debe ser algo extraño, Estos lo deben ver como un ser semejante, que del modo más peligroso ha perdido la inteligencia animal. Lo deben ver como un animal desvalido, que ríe y llora, un animal desgraciado. No tenemos salida,  somos humanos, no podemos ser sino humanos, somos desgraciados.

“Es digno de nota que sea el intelecto quien así obre, el que, sin embargo, solo ha sido añadido precisamente como un recurso de los seres más infelices, delicados y efímeros, para conservarlos un minuto en la existencia.”[2]

Toda construcción cultural es, por tanto relativa y reconstruye el mundo a su imagen y semejanza. No existe una ontología independiente de una gnoseología. Las cosas no son, sino que se construyen en el proceso de creación cultural. No existe una realidad distinta o más allá de la que se tiene en el contexto de la cultura. El mundo, todo mundo, no es más que una lectura.

“Ese orgullo ligado al conocimiento y a la sensación, niebla cegadora colocada sobre los ojos y los sentido de los hombres, los hace engañarse  sobre el valor de la existencia, puesto que aquel proporciona la más aduladora valoración sobre el conocimiento mismo. Su efecto más general es el engaño -  pero también los efectos más particulares llevan consigo algo del mismo carácter…el intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo”[3]

No podemos desprendernos, por tanto, de nuestros errores, Ellos son consubstanciales a toda creación cultural y por ello son útiles. La verdad es una ficción, la más peligrosa que ha inventado el hombre. No existe en ninguna parte, lo que existe son los errores sobre los que se basa la cultura.

Pero los errores son útiles precisamente porque construyen una cultura. La única manera como el hombre puede educarse es con base a sus errores. Más aun, el error es el único que hace al hombre profundo, delicado y creador. Esa será la razón por la Nietzsche escribía un texto dedicado al problema educativo al que pondrá por título: “Sobre el porvenir de nuestras escuelas”.

Esta obra es un conjunto de cinco conferencias que Nietzsche escribió en 1872. La primera conferencia es casi una obra literaria, allí el autor narra en un estilo altamente romántico sus prácticas adolescentes de lectura, escritura y conversaciones entre amigos. Pero una vez se encuentra con el anciano maestro (que ineludiblemente prefigura a Schopenhauer) el matiz reflexivo de la conferencia da inicio.

Nietzsche nos cuenta entonces que existen dos tendencias opuestas en la aproximación que podemos hacer al problema de la cultura. Por un lado la tendencia a la máxima extensión, disminución y debilitamiento de la cultura, por el otro, la tendencia a la máxima restricción, concentración, refuerzo y autosuficiencia de la misma; sus consecuencias, son igualmente opuestas, la primera conduce a una cultura falsa, la segunda a una cultura autentica. Hasta aquí no hay problemas, incluso el autor del Zaratustra tiene tiempo de meditar y desde esta actitud llega a una observación muy interesante respecto al periodismo, Nietzsche ve en esta actividad la síntesis perfecta de la primera de las tendencias arriba analizadas.

Ahora bien, es posible intentar comprender la obra a partir de 3 relaciones reflexivas: el genio vs el hombre corriente, lo inútil vs lo moderno y una reflexión central que muestra hasta la evidencia el problema central de la cultura. El genio es aquel que es capaz de romper sus prejuicios, es decir, aquel que separa un juicio falso de uno verdadero, para Nietzsche solo llega a estas sendas el vencedor solitario en una lucha personal contra el tiempo; por el contrario el hombre corriente vive de prisa, no tiene tiempo, sabe lo que sabe, conoce lo que conoce, y sabe para qué le sirve lo que sabe y lo que conoce, es decir, que tiene una conciencia de la utilidad como eje estructural de su vida, no tiene que pensar mucho ni sufrir los fortalecimientos de la soledad para descubrir otras estructuras, porque para este no son tan reales como el hecho que genera utilidad.

Esta reflexión sirve de antesala a la segunda, para Nietzsche la crítica más fuerte que merece una mente moderna es que cree poseer una cultura que no tiene, que en un mundo veloz no se puede conquistar, que demanda tiempo y refrenda el valor de lo inútil, una cultura autentica que conquista cuando se toma la decisión de darle cavidad  a desarrollos que no se miden por su utilidad, ya no se trata de saber para que se sabe lo que se sabe, sino de hacer mejores preguntas, repensando una y otra vez lo que hombres de verdadero genio propusieron, crearon y conquistaron. La frase es simple pero insondable, un hombre formado es aquel que no teme que la soledad se vengue contra él.

Por otra parte, el inmenso aparato de la cultura – en el que la escuela juega un papel definitivo. No pasa de ser ni falacia necesaria, existe y se justifica solo por el hecho de que unos pocos lleguen a volverse seres verdaderamente cultos y para Nietzsche por fuerza tiene que ser de esta manea una gran masa de la que salen unos cuantos los mejor dotados por su naturaleza intelectiva. Por eso la necesidad de atacar esa tendencia a ampliar y extender aún más el aparato de la cultura, lo que se traduciría en debilitarla aún más, en el fondo democracia y cultura se oponen imponderablemente.

De la segunda conferencia me quedan algunas ideas generales: la sugerencia de Nietzsche de tomarse en serio la lengua materna, la comprensión afirmativa de que escribir y hablar son actos más complejos que el mismo leer eso que para nosotros leer buen es casi un logro descomunal, en síntesis, las dificultades centrales del hombre que aspira a la cultura se explicitan en disciplinar la lengua, hablar bien y escribir solo cuando sea necesario; por ultimo Nietzsche vuelve sus ojos hacia los griegos y los latinos, como las cunas genealógicas de toda cultura autentica.

Una buena parte de la segunda conferencia procede de una pregunta: ¿Cuándo tiempo durara en la escuela la actitud cultural que tiende a la expansión y al periodismo? La respuesta de Nietzsche comienza abordando las causas de semejante actitud, es así como encuentra en la pobreza espiritual de los maestro el primer campo de cultivo para la decadencia cultural, debido primordialmente a la falta de talentos inventivos, así como a la ausencia de hombres verdaderamente prácticos.

Todas estas cavilaciones llevaran al autor a una de sus tesis centrales, aquella que expresa que el objetivo debe ser la cultura del individuo y no de la nada, ya que a esta le es saludable la inconciencia, el instinto de fidelidad, la sujeción a los hombres de talento. La apuesta no para de esa individualidad, es una exigencia de la misma jerarquía natural en el reino del intelecto, es el resultado de una escogencia selectiva, los mejor equipados por la naturaleza, los más fuertes, los que no serán devorados por la violencia que es inherente a la misma cultura.



[1] Nietzsche, Friedrich. “Sobre Verdad y Mentira en Sentido Extra moral”. Editoriales Tecnos. Madrid, 1990, página 17.

[2] Ibíd. Página 18
[3] Ibíd. Página 18

No hay comentarios:

Publicar un comentario